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Como culpar a Dios si fui yo quien dejo la ventana abierta

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No fue Dios quien te abandonó. Fuiste tú quien dejó la ventana abierta.


Vivimos en una época donde resulta más fácil buscar un culpable que asumir una responsabilidad. Cuando algo se rompe, cuando una relación termina, cuando el miedo paraliza, cuando el vacío parece tragarse el sentido de la vida, la pregunta aparece casi automáticamente:


”¿Dónde estaba Dios?”


Pero pocas veces nos detenemos a hacer la pregunta que realmente incomoda:


¿Dónde estaba yo?


Porque hay ventanas que nadie abre por nosotros.


Las abrimos cuando elegimos vivir gobernados por el miedo.


Cuando dejamos que la ansiedad tome decisiones en nuestro nombre.


Cuando la necesidad de aprobación pesa más que la verdad.


Cuando el ego ocupa el lugar que solo le corresponde a Dios.


Y, sobre todo, cuando creemos que toda la historia gira alrededor de nosotros.


El mayor engaño del ego El ego siempre nos hace creer que somos el centro del universo.


Que todo lo que sucede existe para premiarnos o castigarnos.


Que las circunstancias deberían adaptarse a nuestros deseos.


Que nuestro bienestar es el propósito final de la existencia.


Pero desde la perspectiva bíblica, el ser humano no fue creado para ser el centro.Fue creado para participar en una historia mucho más grande que él. Cada persona recibe talentos, capacidades y oportunidades que no terminan en sí misma.


Son una responsabilidad.


No solamente un privilegio.


Cuando esos dones dejan de ponerse al servicio del bien y comienzan a alimentar únicamente la comodidad, el reconocimiento o el control, algo empieza a deteriorarse por dentro. No porque Dios se haya alejado. Sino porque nosotros comenzamos a caminar en otra dirección.


La ventana que dejamos abierta


La oscuridad rara vez entra derribando la puerta.Casi siempre encuentra una ventana abierta.


Una pequeña rendija.


Una decisión repetida.


Un miedo alimentado durante años.


Un resentimiento que nunca quiso sanar.


Una mentira que terminamos creyendo.


La falta de fe no siempre significa dejar de creer que Dios existe.


Muchas veces significa dejar de confiar en Él cuando nuestras expectativas no se cumplen.


Es intentar controlar todo porque hemos dejado de descansar en quien realmente sostiene nuestra vida.


Y cuando el miedo gobierna, nuestras decisiones empiezan a construir cárceles que luego atribuimos a Dios.


¿Cómo culpar a un padre por las decisiones de un hijo?


Un padre puede enseñar.


Puede corregir.


Puede advertir.


Puede acompañar.


Puede amar incluso cuando el hijo se equivoca.


Pero no puede elegir por él.


Desde el comienzo de la Biblia aparece un principio profundamente humano: el ser humano recibe libertad para decidir, y esa libertad tiene consecuencias.


La libertad es un regalo, pero también una responsabilidad.


Muchas veces queremos que Dios elimine las consecuencias de elecciones que nunca consultamos con Él.


Pedimos protección mientras insistimos en caminar por caminos que ya sabemos que nos destruyen.


Después preguntamos por qué permitió el dolor.


El propósito también protege


Hay algo que pocas veces comprendemos.


El propósito no solo da dirección.


También protege.


Una persona que conoce para qué vive suele distinguir mejor qué decisiones la acercan o la alejan de ese llamado.


Cuando el propósito desaparece, cualquier miedo puede convertirse en guía.


Cualquier deseo inmediato parece suficiente.


Cualquier opinión ajena termina teniendo más autoridad que la voz de Dios.


Y es allí donde comienzan muchas de nuestras pérdidas.


La verdadera pregunta


Quizá la pregunta nunca fue:


”¿Por qué Dios permitió esto?”


Tal vez la pregunta sea:


¿Qué decisiones he sostenido durante años que fueron dejando abierta la ventana?


¿Dónde dejé que el miedo hablara más fuerte que la fe?


¿Dónde elegí el control antes que la confianza?


¿Dónde escondí el don que me fue entregado en lugar de ponerlo al servicio de los demás?


Porque la oscuridad no siempre entra haciendo ruido.


Muchas veces encuentra una pequeña grieta.


Y esa grieta casi nunca aparece en un solo día.


Se construye cada vez que vivimos como si Dios fuera responsable de nuestras elecciones y nosotros no.


Reflexión


La fe no elimina nuestra libertad.


La ilumina.


Dios no nos llama únicamente a creer en Él.


También nos llama a vivir de una manera coherente con ese amor recibido.


Tal vez hoy no necesites preguntarle a Dios por qué permitió que una ventana quedara abierta.


Tal vez necesites acercarte al Padre y preguntarle, con humildad:


“Muéstrame qué puertas debo cerrar y qué propósito debo volver a abrazar para caminar nuevamente en la luz.”

 
 
 

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